
Estas fotografías y entrevistas exploran las vidas de mujeres butanesas que viven en cinco monasterios distintos.En muchas partes de la región del Himalaya, el número de mujeres que se unen a los monasterios budistas tibetanos está disminuyendo o las instituciones están enfrentando problemas políticos y de otro tipo y tratando de mantenerse abiertas. En Bután, sin embargo, los monasterios están empezando a florecer. En 1960, el país tenía solo dos; hoy, hay más de trece. La promesa: “Cuando solicité ingresar al monasterio, no fue solo una solicitud. Fue un compromiso. Si lo rompo, no seré digna del compromiso que asumí”. –Tshering Bidha, 29, prefecta del monasterio Jachung Karmo, Punaka. Cuando Tshering Bidha le pidió permiso a sus padres para unirse al monasterio, ellos se negaron, ya que creían que su hija estaba llena de pensamientos triviales y carecía de la convicción requerida para consagrarse a la vida espiritual. Desafiando las órdenes de sus padres, Tshering Bidha, entonces llamada Chimi Wangmo, se fue de la casa a los 18 años y siguió a una monja mayor, Ani Pelden, desde su aldea hasta el remoto monasterio en la cima de un acantilado. Permanece en el monasterio desde entonces, y sus padres están orgullosos.
Hoy, Tshering Bidha se siente más resuelta que nunca a mantener su promesa de permanecer fiel a su sendero espiritual y siente que el futuro de los monasterios es bueno, a pesar de los obstáculos que ella y las demás monjas en Jachung Karmo tienen para atraer buenos maestros a su lejana ubicación. “Una vez que traigamos buenos maestros, podremos aprender de ellos y después podremos cuidar de nosotras”, concluyó. Guía: “Una de mis metas es alcanzar la iluminación espiritual, pero no sé si es posible en esta vida. Primero necesito buenos maestros y una guía”. –Ugyen Drolma, 33, cabeza del monasterio Jachung Karmo, Punaka Ugyen Drolma está en el monasterio Jachung Karmo desde su fundación en 1987. Ubicado en lo alto de un acantilado y a dos horas y media de viaje a través de una espesa jungla, es uno de los monasterios más remotos de todo Bután. Como resultado, las monjas se limitan a aprender recitados y rituales básicos. La mayor esperanza de Ugyen Drolma es encontrar monjes que puedan ir a enseñarles filosofía budista, literatura, lógica y epistemología. Las luchas que Ugyen Drolma debe enfrentar en su monasterio la hacen cuestionar sus oportunidades como mujer y como monja. “Si los monjes no son perezosos y trabajan mucho, pueden tener la oportunidad de alcanzar un mayor nivel de aprendizaje. Con nosotras no sucede lo mismo. Los envidio por tener tan buenos maestros”, confesó. “Si volviera a nacer, me gustaría que fuera como hombre para tener más posibilidades de aprender”.

Paz:
“Tenía miedo de morir como mi madre, sola y sin nadie que me cuidara, así que elegí venir a este monasterio. Ahora me siento en paz, soy feliz de estar aquí. Quiero morir aquí”. –Bidha, una monja de 75 que ingresó al monasterio Animdratshang, en Paro, a los 53,
Bidha perdió a su madre a los 11 años. A los 13, perdió a su padre. Aunque tiene una hermana, al no tener hijos y no haberse casado, vivió la mayor parte de su vida sola.
Su contagiosa sonrisa no muestra ninguna de las luchas ni la soledad de su vida. De hecho, de las 43 monjas del monasterio Animdratshang, Bidha parecía ser la más juguetona y alegre.
Siete yendo al nirvana:
“Siento una llamada”. –Dawa, 7, la monja más joven en el monasterio Jachung Karmo, en Punaka.
Dawa siguió a su tía, Pema Dema, cuando dejó su aldea en 2005 para ingresar al monasterio Jachung Karmo. Ella adoraba a su tía y quería estar con ella. Ahora siente que su futuro está en el monasterio y no tiene deseos de irse.
Ofrenda:
“Quizás ingresé al monasterio porque era mi karma”. –Molan Zangmo, 25, a cargo del Centro de meditación y retiro Karma Drubdey, Trongsa
Molan Zangmo pone sus ropas de monja frente a su boca, en un gesto de respeto usado cuando se recibe bendiciones o cuando se hacen ofrendas a Buda u otras deidades.
Ingresó al monasterio a los 16, y no tenía idea de por qué lo hacía, solo sintió que era su destino.
Su mayor esperanza es beneficiar a través de sus plegarias a todos los seres sensibles, y desea la paz universal.